Fernando, yo te tiendo la mano

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Aún lo recuerdo como si fuese ayer. Igual no fue tu mejor gol, o tu mejor partido, pero es una imagen que no se me quita de la cabeza. Esa carrera de más de 50 metros que te pegaste sin balón. Buscando un espacio entre la defensa de uno de los mejores equipos del mundo. Qué convicción tenías. De esa que tienen los que se saben superiores. Tu zancada era majestuosa y tu andar por el campo, con esa mezcla de una persona vergonzosa con la cabeza siempre gacha y esa mirada al frente que parecía, en muchas ocasiones, inyectada en sangre, te hacían un futbolista diferente. Aún recuerdo esos 26 pasos hasta llegar al área pequeña para conectar un cabezazo precioso ante el que nada pudo hacer un Víctor Valdés que se resignaba cuando te tenía delante. Se le cayó el pelo de tanto soportarte.

Eran otros tiempos. Los de tú contra todos. Los fines de semana de llevar un brazalete que pesaba más que una armadura. Un brazalete que no tiraste o repudiaste. Del que te hiciste cargo cuando aún no eras ni el atisbo de realidad en la que luego te convertiste. Eras el hombre que llenaba las gradas de un Vicente Calderón que estaba viviendo la peor época de su historia. El que sacaba brillo a un escudo rodeado de polvo, vergüenza y porquería que venía desde dentro y desde fuera. Fuiste ese sprint por el que merecía la pena pagar una entrada. Ese gol que tanto se hizo de rogar y terminó siendo el mayor grito de gol que aún recuerdan estos oídos en la Ribera del Manzanares. Fuiste muy grande en aquel tiempo. Y tú lo sabías tan bien como nosotros.

Sabías que crecías a la misma velocidad a la que el Atlético de Madrid se hacía más chiquito. Subías hacia los cielos mientras el color rojiblanco seguía oliendo a chamusquina de infierno y apropiación indebida. Concebiste que, en tu carrera futbolística, debías ganar algo con el escudo que amas en el pecho, o nada de esto hubiera tenido sentido. Desechaste cada verano más ofertas de clubes muchos más poderosos, que estaban más a tu altura, por tratar de devolver a tu club al sitio que le pertenecía. Dijiste que no por activa y por pasiva al equipo de todos. Al equipo de Dios. Al equipo del mundo. Y eso, Fernando, no te lo van a perdonar nunca. Porque todo futbolista ha nacido para jugar allí.

Te diste cuenta, y no por repetitivo deja de ser verdad, que las aspiraciones del equipo de tu alma no eran las mismas que las tuyas. Que se celebraban goles en contra porque prevalecía fastidiar al rival. Que te dejabas sudor y sangre por levantar el ánimo herido de un club que se suicidaba cada fin de semana. Que corrías por ti y diez más. Que no te ayudaban. Maduraste y te diste cuenta que tú solo no podías. La situación era insostenible. Decidiste irte a ganar fuera, mientras el equipo se reconstruía en base a tu recuerdo. Y todo cambió.

Ahora eres tú el que se encuentra en la cuerda floja. Subiste a la cima y te tiraron de forma —justa o injusta—, pero desproporcionada. Te elevaron a los altares los mismos que te empujaron sin piedad. Perdiste la confianza en el fútbol. Las piernas te pesaban más que aquel brazalete de capitán. Los goles no llegaban. Fuiste caricaturizado por quienes utilizan cualquier arma para el sonrojo de lo que no gusta. Te convertiste en el chascarrillo fácil y en el chiste recurrente. Y mientras caías, el Atlético de Madrid se hizo fuerte y poderoso gracias a un hombre argentino que devolvió a la entidad su sello de identidad. Ganaste una Champions League con el Chelsea, pero todos sabemos que hubieras dado la vida por estar en Lisboa de rojiblanco. El Atlético antes no estaba a tu nivel. Tu nivel ahora no está al del Atlético.

Pero, ¿quién puede recriminarte nada? Si tú durante años diste una oportunidad tras otra a un club que no se las merecía. Decidiste continuar cuando cualquiera hubiera cogido las maletas en busca de la victoria fácil. Rechazaste a quien nadie rechaza. Corriste mientras los demás andaban. Lloraste cuando el resto celebraba. ¿Por qué no devolverte ese favor? ¿No sería justo? Sabes que Milán no es tu casa. Como tampoco lo fue Stamford Bridge. Sabes que estás mal. Que no es una cuestión futbolística. Que todo está en tu cabeza. Sabes que el único hombre que podría arreglar esto se llama Diego Pablo. Sabes que bajo el manto rojiblanco tendrás ese cariño que tanto necesitas para saber que sigues siendo lo que alguna vez pensaste que serías. Sabes que es el momento de cumplir esa promesa de ganar un título vestido de rojiblanco. Sabes que es tu última oportunidad. Que te recibirán con el cañón preparado para repartirte a diestro y siniestro, pero que tendrás, por fin, el escudo de los tuyos. Queremos volver a verte sonreír. Sabemos que, después de eso, el fútbol vendrá sólo. Porque lo tienes. Como tienes el escudo del Atlético tatuado a fuego en el corazón.

He sido muy crítico contigo. Como lo soy con las personas que quiero. Sé que puedes dar más. Sé que no estás acabado. Sé que no estás muerto. Sé que te queda fútbol. Sé que amas a este club. Sé que ganarás de rojiblanco una Liga de Campeones. Sé que tú harás ese gol. Lo sé. Yo, te tiendo la mano.

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