Mucho más que eso

Todo parecía oscuro. Las dudas se transformaban en certezas y aquel palo fue tan duro que ya no pudo levantarse. Hicieron del lema “Nunca dejes de creer” una religión. Lo llevaron a cabo y se lo tatuaron en la piel. Nunca hay un imposible para el que lucha con todo lo que tiene. Para el que se sacrifica para hacer felices a los demás.Se podía ganar o se podía perder, pero nunca había que bajar la cabeza. Y se bajó. Vaya si se bajó. Hasta el profeta que guió a los suyos a la tierra prometida dudó. La estocada fue tan mayúscula, que pensó que ese era su límite. Su legado se quedaría sin la guinda. Su espíritu se resquebrajó y el sueño se tornó en pesadilla. Otra vez.

Pero no hay duda que cien años dure. Ese hombre el más importante de esta historia se volvió a citar con los suyos. Bueno, todos son suyos, pero unos lo son más. Son tan suyos como nuestros. Porque ellos se dejan el alma por la razón de un sentimiento. Se citó de nuevo, como iba diciendo, y al ver sus caras no pudo no sentir otra cosa que no fuese orgullo. La herida reabierta sangraba sin cesar. Ya he dicho en otras ocasiones que esa herida es imposible de cerrar. Y, pese a que esas dudas se calmaron, el pasar del tiempo empezó a impacientar al quid de todo esto. Esa gente por la que veintitrés hombres daban la vida, empezó a preguntarse si era el fin del sueño. Si el Edén había cerrado su puerta. Fueron conscientes que todo principio siempre tiene un final. Y creían estar ante él. Era inevitable. Tenía que pasar. Lo que muchos no sabían es que, para derrotar a esos muchachos, no era suficiente con matarlos. Había que rematarlos. Estaban vivos. Renqueantes y malheridos, pero vivos. Y con mucha sed.

Va, venga… Dejémonos de fantasías y rollos…

El Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone permanecerá para siempre en la historia. Cada uno construirá la suya propia alrededor de esos futbolistas y ese entrenador. Pero nadie puede dudar que lo conseguido (y no conseguido) ha sido un auténtico milagro. No por fugaz, si no por repetitivo. Cuando el bache fue evidente y el Atlético estaba fuera de puestos de Liga de Campeones en Liga, se buscaron a otro animalito al que regalarle los oídos mientras seguían adorando a sus dos preciados dioses. El Sevilla de Sampaoli. El que iba a luchar por una Liga ante los dos todopoderosos. El mejor de su historia. El que estaba en Cuartos de Champions, vivió en sus carnes que los milagros suceden, pero que es muy difícil copiarlos. Porque hablar del Sevilla de Sampaoli como el nuevo Atlético de Simeone ha sido faltar el respeto a lo conseguido y lo luchado por esos hombres. Como si estuviese al alcance de cualquiera. Como si lo normal sea competir la Liga y pelear por la Champions sin ser un equipo bendecido por UEFA, FIFA, RFEF O La Liga. Como si ser una mosca cojonera y  no morir de un manotazo en el intento fuese sencillo. No.

Diego Pablo, que estaba a nueve puntos del Sevilla en Liga hace un mes, le saca a día de hoy tres. Simeone, en su peor temporada como entrenador del Atlético (eso dicen los vendeburras), supera al mejor Sevilla de la historia. El Atlético, desahuciado en diciembre por prensa, enemigos e incluso algunos simpatizantes, está ahora mismo en la pomada. En la fiesta sin que se le invite. Esperando rival en semifinales de la Liga de Campeones. Por tercera vez en cuatro años. “Esos”. Ahí están otra vez.

Desconozco el final de esta historia (lo cual me encanta). No sé si el Atlético acabará tercero o cuarto. No tengo ni idea de rival que le tocará en semifinales. Si pasará o no. Si ganará esa maldita Copa o volverá a hincar rodilla. Lo que sí sé es que se ha sido muy injusto con este equipo y con este entrenador. Se les ha faltado el respeto de manera sistemática y se les ha ninguneado una y otra vez. Aunque si de respeto se habla, siempre tendrán el más especial: el de su hinchada. Porque han demostrado estar a la altura de ese escudo. Debe ser muy jodido luchar contra los elementos, suspirar por lo imposible y que todo se te venga abajo. Una y otra vez. Ver lo que te cuesta seguir adelante, mientras los acompañantes de tu mismo viaje van a tiro hecho. Debe ser muy jodido ser jugador del Atlético de Madrid desde hace, al menos, cinco años. Y no haber abandonado el barco. Haber resistido a los cantos de sirena. Haber seguido luchando. Por eso, la ganen o no, sé que esta plantilla (pero sobre todo Juanfran, Godín, Koke, Gabi y Simeone) merece esa estúpida, bastarda e insensata Copa de Europa. Pero ya sabéis… El fútbol no va de merecer. Aunque el Atleti, amigos, tampoco va de ganar. Es mucho más que eso.

PD: Perdonadnos si en algún momento dudamos. Por enésima vez.

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