Vivir en Matrix

“La gente cuando está a punto de morir,

se muestra tal y como es”.

Joker.

 

“Me gustaría que recordarais cómo os sentís hoy. La felicidad y el orgullo de tener un equipo campeón, de pertenecer a una gran familia. Me gustaría que lo recordéis siempre, cuando vengan los malos momentos, que vendrán. Cuando desde fuera nos quieran decir que la cosa va mal. En esos momentos, me gustaría que recordaseis cómo os sentís ahora”. Estas fueron las palabras de Fernando Torres en su spech de despedida en un triste mayo de 2018, ante un Metropolitano a rebosar. No lo dijo por decir, sino porque sabe lo que es el Atlético de Madrid, porque él es Atlético de Madrid.

Un año después de esas palabras, el Atleti anda aún buscándose. Pensado fríamente, tiene su lógica. En ese vestuario faltan jugadores de la talla de Juanfran Torres, Diego Godín, Gabriel Fernández o el propio Fernando. Hombres que sabían que lo que representaban iba más allá del fútbol. La pérdida de estos hombres y de otros como, en su momento, Raúl García o el propio Filipe Luis, no es fácil de sustituir. Pero los de Simeone tienen un problema que va más allá de la propia identidad, que es vital para un club con este aura. Y se trata, ni más ni menos, que de fútbol.

Tan simple y llano como eso. A Diego Pablo Simeone hay que exigirle lo que, por merecimientos, se merece que se le exija. Pero no se puede obviar que, en apenas año y medio, se le han marchado pesos pesados como Gabi, Torres, Juanfran o Godín. Jugadores que lo eran todo como Filipe Luis o Antoine Griezmann, y otros en los que estaba sustentado el futuro inmediato del club como Lucas y Rodrigo Hernández. Y que por mucho que lo hayamos intentado o por mucho que nos lo hayan querido meter en la cabeza, sus sustitutos no son mejores.

Porque ni Lodi es mejor que el mejor Filipe luis, ni Trippier es Juanfran. Porque Joao Félix aún es una incógnita, ni Llorente es Rodrigo, ni Mario es Lucas. Y, qué duda cabe, que nadie es ni será nunca Gabriel Fernández Arenas. Nos han torpedeado durante semanas con el gasto del Atlético de Madrid en fichajes, tratando de jugar al ocultismo con las cifras en ventas y los ahorros en fichas. La realidad es que el Atlético de Madrid se ha quedado con una plantilla peor, llena de incógnitas y con media decena de futbolistas que pasan más tiempo en la temporada en el gimnasio que en el césped.

Mientras, con este caldo de cultivo, al final el señalado siempre es el mismo: el entrenador. Una parte de mi desea que, un buen día, el argentino mande todo al traste y haga caso a esos voceros que le están diciendo que su tiempo ha pasado. Esos que piensan que, tras Simeone, su sustituto andaría entre los Klopp, Guardiola y compañía. Cuando la más absoluta y cruel realidad es que el Atlético de Madrid volvería a vagar entre los entrenadores de moda del momento y a volver a etapas en las que había mucha ilusión y cero identidad.

En el fútbol hay una máxima que antes en Inglaterra se respetaba, pero que ya ni para eso han quedado los inventores del fútbol: dejar trabajar a aquel que se lo ha ganado. Simeone cogió a un equipo en apuros y le llevo a la cima. Y ahora, porque se lo ha ganado, tiene el derecho a rehacer el camino andado y volver a la senda del éxito.

Nos pensamos que somos los mejores, nos creemos los mejores y actuamos como si lo fuéramos. Y eso nunca ha sido el Club Atlético de Madrid. O aterrizamos y somos conscientes de la realidad actual del club, o seguimos viviendo en Matrix y nos tapamos los ojos.

“Nadie entra en pánico cuando las

cosas van según lo previsto.

Incluso si el plan es horrible”.

Joker.

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